lunes, 16 de junio de 2014

Plaza

Líberman sumaba. Usaba anteojos de marco negro sobre  una nariz inquisidora. Extremadamente delgado, a los 38 años seguía rehuyendo la luz del sol, las reuniones numerosas, la lasagna, los libros de Soriano. Vestía ropas oscuras, discretas, dos talles más grandes. Al anochecer  flotaba, alto, apenas encorvado, hasta la confitería Plaza, su lugar preferido ese verano. Allí sumaba.
 Elegía, entre las mesas de la vereda, alguna ubicada en el perímetro, cerca del cordón de la calle poco transitada. Rara vez necesitaba ordenar. De hábitos inamovibles, se sentaba mirando hacia los árboles del parque y, momentos después, el mozo depositaba frente a él, el servicio de  te, la copita de anís, el agua mineral. No rehuía el trato con sus conocidos, pero éste, casi nunca excedía el saludo, algún intercambio de formalidades, la cortesía distante. Sumaba, y soportaba a veces, con menos resignación que indiferencia, la efusión distraída de algún recién llegado que, con gestos ampulosos, encontraba en Líberman una ocasión de dar a conocer su arribo al resto de los circunstantes. -entre los que, por cierto, no faltaban las muchachas-. Liberman se dejaba entonces  palmear mientras el advenedizo miraba en torno  con evidente afán estratégico, hasta que, efectuado el relevamiento, se alejaba murmurando una disculpa.
 Primero un sorbo de agua, luego la copita y, por último, el té verde deslizándose lento sobre el sedimento edulcorado del anís. Entonces comenzaba la suma.    
  Dejaba que las cifras lo tomaran. A veces desechaba una  garganta tersa  que hubiese enriquecido su adición, de haber podido sustraerla al matiz histérico con que en ese momento palpitaba. En la mesa vecina, la muchacha, ponía fin a su carcajada, ajena a la secreta decepción de Líberman.
  Las cifras se multiplicaban. La confitería Plaza era pródiga en gestos y texturas, en  siluetas de belleza armónica, en sosegados perfiles, en labios de sensualidad renacentista, en ojos de fulgor ávido o desolado, rasgos, tiernos o heroicos, entrevistos, evaluados, generalmente rechazados por el involuntario rigor selectivo de Líberman que, encendía un cigarrillo y vislumbraba, entre las volutas de humo azul, la línea virginal de un seno pujando la seda pálida. Nunca la muchacha entera; nunca el registro deliberado y completo de una mujer.  Dejaba, simplemente, que estas aportaran datos como escorzos de una tela inconclusa. Una tela en la que Líberman sumaba, componía y ensamblaba, con precisión minuciosa, las cifras parciales de un anhelo profundo del que no tenía conciencia.
 Pocos datos  de la  cambiante profusión, lograban atravesar el fino entramado de ese tamiz. Cuando esto ocurría, cuando la perfecta curva de un hombro desnudo o el marfil de unas manos vulneraban su riguroso sistema de preferencias, Líberman se angustiaba. Dejaba sobre la mesa una propina generosa y se alejaba hacia la esquina más distante, hasta que la oscuridad lo envolvía. Entonces, invisible, cruzaba la calle y se internaba en las sombras del parque. El olmo centenario, rodeado de setos y canteros, se alzaba frente a la confitería. Desde allí Líberman acechaba, la vista fija, congelada sobre la portadora de esa nueva cifra irrevocable.
 Y esperaba. No sabemos si tenaz o por completo ajeno al transcurso del tiempo, hasta que la muchacha, por fin  abandonaba el lugar y se alejaba, sola o acompañada, ignorando en todo caso, que una sombra sigilosa registraba su itinerario.

   Los hallazgos comenzaron a mediados de marzo. Las ablaciones eran límpidas, de prolijidad quirúrgica. Ninguna mutilación se repetía, ninguna obsesión manifiesta por un sector determinado del cuerpo femenino, revelaba el patrón del espanto. Líberman cometió un solo error. En la confitería frente al parque, único punto común entre las víctimas, el mozo recordó la ausencia repentina y definitiva de ese hombre solitario y generoso.
  En un caserón decadente de avenida Montes de Oca, dimos con su madre, anciana, casi ciega. Se prodigó en lágrimas y pormenores que en nada contribuyeron a determinar el paradero de su hijo. Sabemos que se ausentó pretextando un viaje turístico al sur del país. Sabemos que cerró su cuenta bancaria luego de retirar una suma abultada. Que porta en su equipaje el instrumental médico de su padre muerto.
  Y  algo más, algo que nos desvela y nos planta frente a nuestra propia impotencia. Lo supimos Ferreira y yo, mientras oficiábamos la guardia. Habíamos agotado las hipótesis. Distraíamos ese tiempo quieto de la madrugada, completando morosamente los últimos tramos de un puzzle repetido; Ferreira notó que faltaban algunas piezas. -Está incompleto -dijo.
 Antes que terminara la frase, ambos comprendimos.



  Líberman es alto, pálido, delgado; la levedad de su miopía podría permitirle prescindir de los anteojos; sabemos que prefiere el té verde; que se conduce con urbana discreción; que paga generosamente. Que, casi sin proponérselo, elige y suma, en un lugar insospechado, las piezas que aún le faltan para completar la pesadilla.

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