lunes, 16 de junio de 2014

Nudos

Margarita no era gorda, lo era, en todo caso,  según los tiránicos parámetros de una moda que tenía que ver con la industria más que con la belleza femenina. Antes que la austera reticencia de Modigliani, era la exaltación  exuberante de Rubens la que informaba su encarnadura adolescente. A los diecisiete años, la plenitud de su cuerpo, la alejaba de sus compañeros de estudio. Salvo cuando alguno de ellos necesitaba de su auxilio. Era una excelente alumna. Pero estaba sola.
Carlos Gonzáles solía visitarla. Él la quería, pero con esa clase de afecto que inspiran las personas buenas, siempre dispuestas a dar una mano a quien lo necesitara. Y Carlos Gonzáles lo necesitaba. Sus dificultades con las matemáticas eran serias. Margarita, en cambio, lo amaba. Lo amaba en secreto, con un silencio resignado. Él era el galán más popular del turno tarde.
Dos, incluso hasta tres veces por semana, Margarita oía detenerse la moto de Carlos en la entrada de su casa y se esforzaba por controlar la agitación que vulneraba su vientre. Desde hacía un año vivía sola. Al morir, su abuelo Clemente, le había legado la casa y una pequeña renta que le permitía a Margarita vivir con austeridad pero sin sobresaltos.
Carlos entraba sonriente, oliendo a sol, y le estampaba un sonoro beso en la mejilla. Margarita lo ahorraba. Retenía esa caricia casi indiferente que, sin embargo,  por la noche habría de entibiar su almohada. El abría su mochila y arrojaba sobre la mesa el cuaderno de tapas azules “¡salvame Margaaa… no entiendo nada!”. Y Margarita lo salvaba. Dos, tres horas después, él montaba su motocicleta con una idea no del todo clara sobre la regla de Rufini y la mente ya enfocada en la cervecería donde tal vez Alejandra, o quizá Claudia. O, seguramente Pato.
Margarita no volvía a entrar enseguida, se demoraba  en el jardín, como si la reinstalada soledad fuese menos gravosa al aire libre. Cuando por fin trasponía la puerta, se entregaba por un rato a su pasatiempo preferido: los nudos.
Margarita sabía de nudos.
Su abuelo había sido pescador primero y patrón de pesca hasta sus últimos días. Y le había enseñado con orgullo profesional los secretos de ese arte. Sonreía satisfecho cuando ordenaba “ballestrinque” y su nieta enlazaba con eficiencia y seguridad la cuerda de esparto. Margarita había convertido ese juego en un hábito inamovible. Sospechaba vagamente que esa tenacidad le era dictada por un afán oculto de amarrar las cosas, sujetarlas para que no se alejaran como lo habían hecho primero sus padres, el día del accidente y ahora su abuelo reclamado por ese otro mar insondable y definitivo.

Carlos volvió tres días después. Eran las seis de una tarde  que iba a resolverse en lluvia.  Los estertores de su motocicleta rompieron el silencio del  suburbio.
Margarita salió a recibirlo. Juntos llevaron la motocicleta  hasta el cobertizo trasero. Apenas la habían puesto a resguardo cuando las primeras gotas iniciaron su código Morse sobre las hojas de la higuera. Corrieron por las lajas del parque y entraron a la casa cuando estallaba el primer trueno. Entonces, Carlos vio los nudos.
Sobre la mesa de la sala, las cuerdas enlazadas componían su mensaje en una escritura  que Carlos de inmediato trato de descifrar. “¿Y esto?”
-Nudos
Margarita rodeó la mesa  y enumeró sin orden.
-Este es un Lasca, este un franciscano; un Hunter… Este mi preferido: ballestrinque. Este otro es un nudo de bandolero.
Carlos miraba sorprendido y risueño
-¿Y este?
-As de guía doble. Vení, sentate – Margarita señaló un pesado sillón de madera. Carlos obedeció de inmediato. Se divertía. Ella tomó la primera cuerda
-Dame la mano. “As de guía español”- anunció al tiempo que le enlazaba la muñeca  con la resistente cuerda de algodón.
Treinta segundos después, Carlos, completamente inmovilizado, seguía sonriendo.
Entonces, frente a él, Margarita, comenzó a desnudarse.
Con morosidad pero sin afectación, desprendió su ropa y dejó que las prendas se deslizaran por la rosada y pálida suavidad de su piel, revelando la pletórica firmeza de sus pechos, la redondez virginal de su vientre y sus caderas, la portentosa tersura de sus muslos. Desnuda, avanzó sobre las prendas caídas hasta rozar las rodillas de Carlos con las suyas. Él tenía la boca abierta. Pero ya no sonreía. Los dedos de Margarita le rozaron los labios que se cerraron sobre las lentas yemas en un beso hambriento y húmedo. Margarita llevó esa humedad tibia hasta su pubis. Sin apartarse de Carlos, las piernas apenas flexionadas, hundió los dedos entre los labios de su sexo y empezó a acariciarse. A Carlos las cuerdas se le hundieron en la carne. El lazo en la garganta retenía su boca a dos centímetros de los pezones rosados y erectos. Con los ojos anegados imploró mientras las piernas de Margarita cedían hasta dejarla de rodillas, la cabeza hacia atrás, la boca abierta en un agónico gemido.
Momentos después ella recogió su ropa, rodeó el sillón y se encerró en la ducha.
Regresó a los pocos minutos cubierta por un albornoz, se detuvo detrás del respaldo y soltó uno de los nudos. El resto, con las manos todavía temblorosas, lo hizo Carlos. Cuando por fin se liberó se puso de pie y la tomó por los hombros, intentó hablar pero las palabras se agolparon en su boca. Ella asintió en silencio y apartándose dijo
-Ya no llueve, conviene que salgas ahora.

 Esa noche, cuando por fin se durmió, Margarita supo que sus manos habían tensado los cabos de un nudo indescifrable.

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