viernes, 2 de enero de 2015

El cofre

Roxy volvió. Me había llamado por teléfono con la excusa de confirmarme su pedido
 –Mira, Carlos- dijo- no voy a estar en el local… pero el cofre igual lo quiero, Voy a pasar a buscarlo por tu casa- La comunicación pudo terminar ahí. Pero dije
 -¿No vas a estar? Entonces me contó, y supe que “contarme” era el verdadero objeto de su llamada
 – Me pegó, me arrastró por toda la casa, estrelló mi celular contra el piso. Te hablo desde uno nuevo que no entiendo…
-Te golpeó- dije y no fue una pregunta. Ni siquiera fue algo que le dije a ella. Mientras  se demoraba en detalles, yo había iniciado la enumeración de una secuencia fatal: Discutieron, él gritó, la insultó, rompió algún objeto. Ella intentó encerrarse en el cuarto de baño, Ricardo la aferró de la blusa, la derribó sin soltarla, la golpeó, la arrastró desgarrándole la ropa, se excitó viendo sus pequeñas tetas blancas, perfectas; quiso virar a dolorida queja su arrebato de furor -¿Por qué me haces esto?- dijo mientras Roxy el hematoma  en el brazo, el dolor pulsando en su cuello, unas líneas cárdenas donde la presión de la tela, y la orina humedeciendo sus bragas, porque el terror y la impotencia “Esta vez se acabó” y un corte casi invisible en el pómulo cuando un fragmento del cel “¿A vos te parece, por más celoso que sea? Te juro, nunca más
Roxy.volvió. Volvió a Ricardo cuando él todavía no se miraba las manos, mudo y con espanto
Mientras me contaba volvió.
Volvió mientras el pómulo casi no sangraba y la orina se enfriaba en el nacimiento de sus muslos, tan tersos.

Tan suave la cara interna de sus muslos.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Formalismo

Está estudiando a los formalistas rusos, discute con ellos, los putea. –Estos tipos se tomaron hasta el agua de los floreros- dice mientras, la vista fija en el apunte,  se recoge el pelo en la nuca y lo ata con una cinta que lo va a retener durante cuatro minutos –Tzvetan Karajovich Todorov seguro tenía mamá- dice y vuelve al folio anterior empuñando el marcador amarillo como para apuñalar alguna proposición. Le ofrezco café
-Vodka- dice y se deja caer contra el respaldo sosteniendo el apunte con los brazos estirados hacia el techo, lee desde abajo. Sirvo café, le arrebato las hojas, su pelo vuelve a desmoronarse, fluye hacia sus hombros como una suave catarata incontenible, una catarata lenta y pesada y de ébano.
-¿Cómo estás vestida?- pregunto mientras le alcanzo el pocillo. Se mira, me mira
-¡Cómo qué! Soy un desastre. Me estás viendo
-Contame
-Bueno. Visto una falda negra y una camiseta sin mangas color.. no sé, gris; medias panty, negras. Hace un rato tenía sandalias…
-Está bien. Pero eso es historicismo. Eso es lo que llevas puesto. Pero yo no pregunté “qué” Soy ruso y formalista, pregunté “cómo”
-¿Sos Karajovich?                                                          
-Sí. Y eso es una falda mínima y acampanada de una tela tan liviana que si la vecina- la vieja  Trudi- estornuda en su casa, la falda se te convierte en bufanda. Las medias negras son de seda o algo y tienen importantes carreras en la parte posterior de los muslos y una más pequeña delante que se pierde debajo de la falda voladora. Por esas desgarraduras sabiamente dispuestas tu piel parece más blanca y vulnerable. Sos una niña que acaba de escapar del campo de concentración saltando la alambrada sin demasiada habilidad. En el campo seguro hay un oficial alemán que ya empezaba a renegar del nazismo y ahora está organizando desesperado una partida de caza.
-¿Me vas a cuidar?
-Voy a cuidar al pobre alemán. La camiseta es otra muestra de sabia maldad. No te copia todo el tiempo, pero cuando te recoges el pelo en la nuca el alemán llora
-¡Karajovich!
El formalismo es eso, no es la enumeración de tus prendas, es la forma en que etcétera. Ahora lee todo de nuevo.

-Si profe.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Radio

Compré una pequeña radio a batería. Después del tornado (que había vulnerado mi casa,  derribado árboles y aniquilado el tendido eléctrico) la falta de energía  fue, sobre todo, un corte de información. Nada, esa urgencia absurda de que me contaran  lo que había ocurrido. Me lo contó la radio. Supe entonces que un tornado había vulnerado mi casa, derribado árboles y aniquilado el tendido eléctrico. Podría confesarles otras idioteces, pero ésta tiene el atenuante de ser de orden general. Todos éramos la noticia pero necesitábamos que alguien nos relatara. Debe ser porque, una vez convertidos en relato, podemos modificar la sintaxis, enfatizar un párrafo, hacer ficción con la luna que entra por la ventana desaparecida en lo alto de la escalera. Agarrate, estoy por poner un aforismo, así, como quien pone un huevo, ahí va: Convertimos nuestra vida en un relato para  poder corregirlo. ¿Qué tal?
Radio. Es como un animalito murmurante, la mayor parte del tiempo dice boludeces. Mi secreto es no escucharla, sólo la oigo. Apenas un murmullo junto a la almohada, una prueba más de cobardía. Ese pánico de despertarme antes de estar dormido y descubrir la maldita cama vacía.


miércoles, 29 de octubre de 2014

Santo oficio

No tiene amigas. Se acercan, la saludan, le dicen alguna cosa y hasta le sonríen. Pero no tiene amigas. Creo que le temen y que ese temor no tiene que ver con que sea hermosa. Es algo peor. Con los tipos es letal. Más de un galán experto se le acerca y ensaya su mejor perfil, lleno de optimismo, para quedar congelado a la primera mirada que ella le dispara. No querés estar ahí cuando te mira así. Es una suerte que no estemos en la Edad Media. En la aldea ya estarían  santiguándose, y acumulando leña. Se lo digo (es que no puedo dejarla en paz cuando está así de espaldas, medio dormida) Le cuento toda la historia. La Legación Inquisitorial entrando a la aldea por la calle principal, reclamada por el devoto cagaso de los pobladores y los piadosos oficios de La Sacra Comisión Directiva del Mariano Moreno, que juran haberte visto volar desde el campanario de Nuestra Señora Bastante Inmaculada, hasta la panadería del tano Pontecorvo (¡vos también..! podrías haber ido a comprar pan caminando). Ella sigue quieta, pero  sé que sepulta en la almohada la mitad de una sonrisa. Y es una pena, no es un fenómeno que ocurra con frecuencia. La Santa  Comitiva avanza, erizada de cruces y pendones, con olor a incienso y a naftalina. Avanza por acá, digo y deslizo mi dedo por su espina (porque cualquier excusa me pone cartográfico) y desciende a lo largo de la calle con majestuosa lentitud, flanqueada por los prosternados fieles, ansiosos de colaborar con el Santo Oficio, cada uno con su sagrada biblia y su caja de fósforos de seguridad “Tres Patitos” porque vieron tus ojos y todos saben que son una herejía verde (que es de las peores). Y así, hasta el juicio francamente sumario y la anhelada condena a morir abrasados en el fuego de otra Santa Inquisición.

viernes, 24 de octubre de 2014

La cita



Abuela Ñeca se interna en el pequeño jardín del fondo. Detrás de la glorieta, el reino orlado de azaleas, parece celebrar su llegada con una profusión multicolor de luces y de sombras. Ñeca es lavanda, ya casi oculta detrás del  aromático arbusto. A punto de desaparecer estalla en escorzos amarillos; es la retama que exalta de oro efímero el delgado cuerpo que avanza. Algún retoño la demora. Ñeca, entonces, prodiga con su regadera una acotada lluvia de verano, génesis de un arroyo mínimo que encharcará las raíces del laurel y discurrirá rumoroso (como es debido) entre los canteros que empiezan a renegar de cualquier pretensión geométrica. El solitario abedul se multiplica en el cristal líquido que busca su cauce. Ñeca se interna en ese bosque umbrío. Deja que la brisa del estío le arrebate los años, los desprenda de su cuerpo ajado, como hojas marchitas. A la orilla del arroyo, vuelve a sentir la lozanía tensa de su piel adolescente, la urgencia de su sangre, el pánico ansioso de la espera. Hunde las manos como jazmines en la frescura del agua. Ve su rostro de Muñeca en el espejo líquido. La seda de sus mejillas se arrebata cuando la fronda murmura a su espalda y oye los sigilosos pasos, como la primera vez.

     Al anochecer, no faltará quien crea que abuela Ñeca yace muerta en el jardín.                     

lunes, 16 de junio de 2014

Nudos

Margarita no era gorda, lo era, en todo caso,  según los tiránicos parámetros de una moda que tenía que ver con la industria más que con la belleza femenina. Antes que la austera reticencia de Modigliani, era la exaltación  exuberante de Rubens la que informaba su encarnadura adolescente. A los diecisiete años, la plenitud de su cuerpo, la alejaba de sus compañeros de estudio. Salvo cuando alguno de ellos necesitaba de su auxilio. Era una excelente alumna. Pero estaba sola.
Carlos Gonzáles solía visitarla. Él la quería, pero con esa clase de afecto que inspiran las personas buenas, siempre dispuestas a dar una mano a quien lo necesitara. Y Carlos Gonzáles lo necesitaba. Sus dificultades con las matemáticas eran serias. Margarita, en cambio, lo amaba. Lo amaba en secreto, con un silencio resignado. Él era el galán más popular del turno tarde.
Dos, incluso hasta tres veces por semana, Margarita oía detenerse la moto de Carlos en la entrada de su casa y se esforzaba por controlar la agitación que vulneraba su vientre. Desde hacía un año vivía sola. Al morir, su abuelo Clemente, le había legado la casa y una pequeña renta que le permitía a Margarita vivir con austeridad pero sin sobresaltos.
Carlos entraba sonriente, oliendo a sol, y le estampaba un sonoro beso en la mejilla. Margarita lo ahorraba. Retenía esa caricia casi indiferente que, sin embargo,  por la noche habría de entibiar su almohada. El abría su mochila y arrojaba sobre la mesa el cuaderno de tapas azules “¡salvame Margaaa… no entiendo nada!”. Y Margarita lo salvaba. Dos, tres horas después, él montaba su motocicleta con una idea no del todo clara sobre la regla de Rufini y la mente ya enfocada en la cervecería donde tal vez Alejandra, o quizá Claudia. O, seguramente Pato.
Margarita no volvía a entrar enseguida, se demoraba  en el jardín, como si la reinstalada soledad fuese menos gravosa al aire libre. Cuando por fin trasponía la puerta, se entregaba por un rato a su pasatiempo preferido: los nudos.
Margarita sabía de nudos.
Su abuelo había sido pescador primero y patrón de pesca hasta sus últimos días. Y le había enseñado con orgullo profesional los secretos de ese arte. Sonreía satisfecho cuando ordenaba “ballestrinque” y su nieta enlazaba con eficiencia y seguridad la cuerda de esparto. Margarita había convertido ese juego en un hábito inamovible. Sospechaba vagamente que esa tenacidad le era dictada por un afán oculto de amarrar las cosas, sujetarlas para que no se alejaran como lo habían hecho primero sus padres, el día del accidente y ahora su abuelo reclamado por ese otro mar insondable y definitivo.

Carlos volvió tres días después. Eran las seis de una tarde  que iba a resolverse en lluvia.  Los estertores de su motocicleta rompieron el silencio del  suburbio.
Margarita salió a recibirlo. Juntos llevaron la motocicleta  hasta el cobertizo trasero. Apenas la habían puesto a resguardo cuando las primeras gotas iniciaron su código Morse sobre las hojas de la higuera. Corrieron por las lajas del parque y entraron a la casa cuando estallaba el primer trueno. Entonces, Carlos vio los nudos.
Sobre la mesa de la sala, las cuerdas enlazadas componían su mensaje en una escritura  que Carlos de inmediato trato de descifrar. “¿Y esto?”
-Nudos
Margarita rodeó la mesa  y enumeró sin orden.
-Este es un Lasca, este un franciscano; un Hunter… Este mi preferido: ballestrinque. Este otro es un nudo de bandolero.
Carlos miraba sorprendido y risueño
-¿Y este?
-As de guía doble. Vení, sentate – Margarita señaló un pesado sillón de madera. Carlos obedeció de inmediato. Se divertía. Ella tomó la primera cuerda
-Dame la mano. “As de guía español”- anunció al tiempo que le enlazaba la muñeca  con la resistente cuerda de algodón.
Treinta segundos después, Carlos, completamente inmovilizado, seguía sonriendo.
Entonces, frente a él, Margarita, comenzó a desnudarse.
Con morosidad pero sin afectación, desprendió su ropa y dejó que las prendas se deslizaran por la rosada y pálida suavidad de su piel, revelando la pletórica firmeza de sus pechos, la redondez virginal de su vientre y sus caderas, la portentosa tersura de sus muslos. Desnuda, avanzó sobre las prendas caídas hasta rozar las rodillas de Carlos con las suyas. Él tenía la boca abierta. Pero ya no sonreía. Los dedos de Margarita le rozaron los labios que se cerraron sobre las lentas yemas en un beso hambriento y húmedo. Margarita llevó esa humedad tibia hasta su pubis. Sin apartarse de Carlos, las piernas apenas flexionadas, hundió los dedos entre los labios de su sexo y empezó a acariciarse. A Carlos las cuerdas se le hundieron en la carne. El lazo en la garganta retenía su boca a dos centímetros de los pezones rosados y erectos. Con los ojos anegados imploró mientras las piernas de Margarita cedían hasta dejarla de rodillas, la cabeza hacia atrás, la boca abierta en un agónico gemido.
Momentos después ella recogió su ropa, rodeó el sillón y se encerró en la ducha.
Regresó a los pocos minutos cubierta por un albornoz, se detuvo detrás del respaldo y soltó uno de los nudos. El resto, con las manos todavía temblorosas, lo hizo Carlos. Cuando por fin se liberó se puso de pie y la tomó por los hombros, intentó hablar pero las palabras se agolparon en su boca. Ella asintió en silencio y apartándose dijo
-Ya no llueve, conviene que salgas ahora.

 Esa noche, cuando por fin se durmió, Margarita supo que sus manos habían tensado los cabos de un nudo indescifrable.

Cátedra

Una docente creativa que nunca necesitó siliconas, arma un discurso pletórico de contención, problemática, articulación y metodología, y se sienta a una mesa-escritorio patinada en verde country en la que recibe a tipos como yo. Los tipos como yo traen una carpeta, traen un aire general de decadencia, un touch de hastío acumulado,  suma de signos que ella interpreta inmediatamente como la necesidad que los tipos como yo tienen de confrontar con el discurso de una mina como ella, en el que contención y metodología, articulación y apertura nos llenen de esa alegría esperanzada del beduino que divisa sediento  un oasis en el horizonte. El tipo como yo, que en efecto divisó un posible oasis, más bien por el lado de las dunas, asiente repetidamente, al tiempo que nota que las mencionadas dunas se agitan a impulsos de la pasión discursiva de la susodicha que confunde la renovada atención del energúmeno con un acumulativo interés por la apertura y la contención. Interés que quizás pueda expresarse con las mismas palabras, pero sólo por aquello del imperfecto matrimonio entre significantes y significados. De manera que allí están la muchacha de la contención y las dunas, y el tipo como yo que piensa en operar la apertura allí mismo, sobre el verde country de la mesa, con el solo propósito de desarrollar el recurso metodológico que le permita plantar la palmera en una indudable articulación con el oasis que, para entonces, empieza a redondear su ponencia -justamente-  y hace una pausa para en seguida adoptar un tono casual y anunciar  en un plural que le aligera la culpa “nosotras cobramos cincuenta pesos de arancel de los cuales retenemos veinte para mantenimiento de...” “Me parece bien” asiente el tipo mientras piensa que las mujeres son todas degeneradas 

Empecé hace dos sábados, con una clase abierta. Una clase abierta es una donde los tipos como yo, no cobran.

Plaza

Líberman sumaba. Usaba anteojos de marco negro sobre  una nariz inquisidora. Extremadamente delgado, a los 38 años seguía rehuyendo la luz del sol, las reuniones numerosas, la lasagna, los libros de Soriano. Vestía ropas oscuras, discretas, dos talles más grandes. Al anochecer  flotaba, alto, apenas encorvado, hasta la confitería Plaza, su lugar preferido ese verano. Allí sumaba.
 Elegía, entre las mesas de la vereda, alguna ubicada en el perímetro, cerca del cordón de la calle poco transitada. Rara vez necesitaba ordenar. De hábitos inamovibles, se sentaba mirando hacia los árboles del parque y, momentos después, el mozo depositaba frente a él, el servicio de  te, la copita de anís, el agua mineral. No rehuía el trato con sus conocidos, pero éste, casi nunca excedía el saludo, algún intercambio de formalidades, la cortesía distante. Sumaba, y soportaba a veces, con menos resignación que indiferencia, la efusión distraída de algún recién llegado que, con gestos ampulosos, encontraba en Líberman una ocasión de dar a conocer su arribo al resto de los circunstantes. -entre los que, por cierto, no faltaban las muchachas-. Liberman se dejaba entonces  palmear mientras el advenedizo miraba en torno  con evidente afán estratégico, hasta que, efectuado el relevamiento, se alejaba murmurando una disculpa.
 Primero un sorbo de agua, luego la copita y, por último, el té verde deslizándose lento sobre el sedimento edulcorado del anís. Entonces comenzaba la suma.    
  Dejaba que las cifras lo tomaran. A veces desechaba una  garganta tersa  que hubiese enriquecido su adición, de haber podido sustraerla al matiz histérico con que en ese momento palpitaba. En la mesa vecina, la muchacha, ponía fin a su carcajada, ajena a la secreta decepción de Líberman.
  Las cifras se multiplicaban. La confitería Plaza era pródiga en gestos y texturas, en  siluetas de belleza armónica, en sosegados perfiles, en labios de sensualidad renacentista, en ojos de fulgor ávido o desolado, rasgos, tiernos o heroicos, entrevistos, evaluados, generalmente rechazados por el involuntario rigor selectivo de Líberman que, encendía un cigarrillo y vislumbraba, entre las volutas de humo azul, la línea virginal de un seno pujando la seda pálida. Nunca la muchacha entera; nunca el registro deliberado y completo de una mujer.  Dejaba, simplemente, que estas aportaran datos como escorzos de una tela inconclusa. Una tela en la que Líberman sumaba, componía y ensamblaba, con precisión minuciosa, las cifras parciales de un anhelo profundo del que no tenía conciencia.
 Pocos datos  de la  cambiante profusión, lograban atravesar el fino entramado de ese tamiz. Cuando esto ocurría, cuando la perfecta curva de un hombro desnudo o el marfil de unas manos vulneraban su riguroso sistema de preferencias, Líberman se angustiaba. Dejaba sobre la mesa una propina generosa y se alejaba hacia la esquina más distante, hasta que la oscuridad lo envolvía. Entonces, invisible, cruzaba la calle y se internaba en las sombras del parque. El olmo centenario, rodeado de setos y canteros, se alzaba frente a la confitería. Desde allí Líberman acechaba, la vista fija, congelada sobre la portadora de esa nueva cifra irrevocable.
 Y esperaba. No sabemos si tenaz o por completo ajeno al transcurso del tiempo, hasta que la muchacha, por fin  abandonaba el lugar y se alejaba, sola o acompañada, ignorando en todo caso, que una sombra sigilosa registraba su itinerario.

   Los hallazgos comenzaron a mediados de marzo. Las ablaciones eran límpidas, de prolijidad quirúrgica. Ninguna mutilación se repetía, ninguna obsesión manifiesta por un sector determinado del cuerpo femenino, revelaba el patrón del espanto. Líberman cometió un solo error. En la confitería frente al parque, único punto común entre las víctimas, el mozo recordó la ausencia repentina y definitiva de ese hombre solitario y generoso.
  En un caserón decadente de avenida Montes de Oca, dimos con su madre, anciana, casi ciega. Se prodigó en lágrimas y pormenores que en nada contribuyeron a determinar el paradero de su hijo. Sabemos que se ausentó pretextando un viaje turístico al sur del país. Sabemos que cerró su cuenta bancaria luego de retirar una suma abultada. Que porta en su equipaje el instrumental médico de su padre muerto.
  Y  algo más, algo que nos desvela y nos planta frente a nuestra propia impotencia. Lo supimos Ferreira y yo, mientras oficiábamos la guardia. Habíamos agotado las hipótesis. Distraíamos ese tiempo quieto de la madrugada, completando morosamente los últimos tramos de un puzzle repetido; Ferreira notó que faltaban algunas piezas. -Está incompleto -dijo.
 Antes que terminara la frase, ambos comprendimos.



  Líberman es alto, pálido, delgado; la levedad de su miopía podría permitirle prescindir de los anteojos; sabemos que prefiere el té verde; que se conduce con urbana discreción; que paga generosamente. Que, casi sin proponérselo, elige y suma, en un lugar insospechado, las piezas que aún le faltan para completar la pesadilla.

viernes, 13 de junio de 2014

El monje

Me dicen “El monje”. Firmé así, alguna cosa que publiqué cuando escribía. Fue durante un invierno: Al salir de la ducha me crucé con el espejo y vi, reflejado en el cristal empañado, una especie de fraile franciscano, el rostro barbado enmarcado por una capucha oscura. Ese día escribí un cuento breve, “El maestro”. Creo que desde entonces fui El monje. Tal vez, ya lo era. Tal vez, ese día, todo lo que hice fue aceptarlo.
Supe, para entonces, que había ritualizado algunas conductas y consagrado un destino.
Los tipos como yo, que descreen de la religión, saben que la religión acecha, que basta un descuido  para caer en esa apostasía inversa. Uno construye los dioses (que acaban condenándolo al infierno). La alternativa es vivir en la herejía, ser un pagano en el propio templo. Y rezar… Si por rezar se entiende sentir los más vívidos anhelos contra toda esperanza de satisfacerlos.
El monje.                                                

Fácil adjudicar el mote a una indumentaria casual. Fatal comprender que no basta mudar de ropaje, que no importa que, tejanos y camisa, uno le dé la espalda a altar. Por la noche, en ese tránsito cada vez más doloroso hacia el sueño, uno descubre que el altar es uno mismo. Y que la deidad, no tiene la piedad de abandonarnos.

miércoles, 11 de junio de 2014

La cama

Estoy preparado. Me desprendo un poco la camisa para que veas el voltaje y enseguida comienzo una historia tangencial, llena de silencios donde ocurren cosas. Si todo sale bien, quizá hasta comprometa tus  propias glándulas en el asunto. Un poco de paciencia que ya llega esa cama alta y estrecha, muy blanca en la habitación de servicio. Ella está desnuda dentro de una camiseta de algodón un poco deshilachada, sobre todo en el borde que muestra el nacimiento de sus muslos, fuertes y morenos.

Simula dormir, tiene la boca entreabierta y húmeda. Pero no nos apuremos. Todavía tengo que ensayar alguna vacilación, un módico gesto que delate mi estadía en el infierno. Además, así como está, de espaldas, el pelo ocultándole parte de la cara, un brazo debajo de la almohada, una mano en el vientre ¿qué puedo decirte?.

Ya va a moverse, entonces sus pechos van a presionar la burda tela y te aseguro que vas a angustiarte, vas a pensar en tu mujer que está mirando la telenovela y a mentirte que si no fuera por los chicos. Pero todavía no. Todavía ella “duerme” de espaldas en la habitación de servicio, mientras  Alejandro, el hijo de los Acosta, se contorsiona entre decibeles y luces psicodélicas. Yo ya estoy listo para el primer silencio. Son las tres de la madrugada y ni una sirena, ni soñar con un tiroteo a pocas cuadras.

Alejandro busca la salida con el último whisky adulterándole la boca. Lo empuja un sintetizador adocenado, pero antes de salir del local, Clapton lo demora en la puerta. Finalmente gana la calle y no se tantea los bolsillos en busca de sus documentos. No esperes que te diga más sobre la fecha. Es verano. Es sábado.

La madre de Alejandro tardó en quedarse dormida. El Mogadán es lento. Ella tomó dos pero tuvo tiempo de aplicarse crema con colágeno y de leer un capítulo casi completo de Annie Bessant.
Antes de apagar la luz -segura de que su marido dormía- tragó una pastilla celeste, con muy poca agua, porque el líquido también engorda. Cerró los ojos y en medio de una discusión esotérica, se quedó dormida. Su marido no se movió pero no pudo reprimir un suspiro.
En la habitación de servicio ella se humedece el labio superior con una lengua rosa. Alejandro acelera por Constitución y vos estás pensando que planea una incursión a la cama estrecha y alta; claro que eso no te convierte en un genio. Después de todo, vos mismo una vez. Pero ojo, no te distraigas. Acosta padre se está deslizando fuera de la cama y antes de salir del dormitorio va a volverse a mirar a su mujer, ese bulto voluminoso que resuella en la penumbra, un buque anclado por poderosas píldoras. Alejandro gira a la izquierda y yo me resisto a un burdo juego de palabras. Así que mejor  una escalera alfombrada, y ya en planta baja, Acosta padre vacila entre la cocina fácilmente justificable y el pasillo que conduce a la habitación prohibida.
Arriba, en la bodega del buque, la pastilla celeste pierde su maquillaje y muestra su sonrisa anfetamínica. El buque se inclina a estribor peligrosamente. Acosta se decide por el pasillo, pero se dirige a la cocina. Tiene la boca seca.

Alejandro apaga el motor y el auto se desliza por la pendiente. El envión alcanza para atravesar el portón que Alejandro dejó abierto. El auto se detiene sin ruido sobre las lajas del parque. Alejandro enciende un cigarrillo sin bajarse. Acosta padre bebe otro vaso de agua sin encender la luz. Rememora y se deja invadir por un sentido de justicia que se le instala en el vientre y lo habilita, como en el pasado cercano, para ejercer el derecho de pernada. El buque queda escorado sobre la derecha sin despertarse y ella, sin sacar el brazo de abajo de la almohada, por fin se mueve : con un gemido voluptuoso el cuerpo moreno gira y la tela gastada se tensa por una plenitud que te encabrita el edipo y te hace pensar en el asesinato mientras tu mujer, ajena al peligro, sigue frente al televisor.

 Mientras tanto trato de pasar algún aviso.
¿Ves estas marcas?.
Alejandro baja del auto.
Electricidad, sabés?.
Acosta se sorprende arreglándose el pijama.
Me ataron un cable en el tobillo.
A bordo del buque hay un motín.

Me sacaron los zapatos.
La pastilla intrusa está amotinando a la tripulación. Alejandro entra por la puerta del lavadero que da al fondo. El padre abandona la cocina.
Me metieron una esponja entre los dientes.

 Ya pensaste un final. Hace siete años Alejandro tenía doce y el buque ya tomaba pastillas. Al padre todavía no lo habían ascendido a coronel y yo nunca me olvidaba los documentos cuando la acompañaba a ella hasta esa casa. Salvo una vez.

Ahora veamos quién llega primero, padre o hijo. No importa . Ella lo va a dejar hacer. Va a fingir de un modo notorio que duerme, para que cualquiera crea que esa actitud forzada es un consentimiento.


Recién entonces, cuando la cama gima con un excitado peso adicional, ella va a sacar el brazo que oculta debajo de la almohada. Seguramente su mano va a estar firme, y el revólver amartillado, como tantas veces le repetí.