miércoles, 11 de junio de 2014

La cama

Estoy preparado. Me desprendo un poco la camisa para que veas el voltaje y enseguida comienzo una historia tangencial, llena de silencios donde ocurren cosas. Si todo sale bien, quizá hasta comprometa tus  propias glándulas en el asunto. Un poco de paciencia que ya llega esa cama alta y estrecha, muy blanca en la habitación de servicio. Ella está desnuda dentro de una camiseta de algodón un poco deshilachada, sobre todo en el borde que muestra el nacimiento de sus muslos, fuertes y morenos.

Simula dormir, tiene la boca entreabierta y húmeda. Pero no nos apuremos. Todavía tengo que ensayar alguna vacilación, un módico gesto que delate mi estadía en el infierno. Además, así como está, de espaldas, el pelo ocultándole parte de la cara, un brazo debajo de la almohada, una mano en el vientre ¿qué puedo decirte?.

Ya va a moverse, entonces sus pechos van a presionar la burda tela y te aseguro que vas a angustiarte, vas a pensar en tu mujer que está mirando la telenovela y a mentirte que si no fuera por los chicos. Pero todavía no. Todavía ella “duerme” de espaldas en la habitación de servicio, mientras  Alejandro, el hijo de los Acosta, se contorsiona entre decibeles y luces psicodélicas. Yo ya estoy listo para el primer silencio. Son las tres de la madrugada y ni una sirena, ni soñar con un tiroteo a pocas cuadras.

Alejandro busca la salida con el último whisky adulterándole la boca. Lo empuja un sintetizador adocenado, pero antes de salir del local, Clapton lo demora en la puerta. Finalmente gana la calle y no se tantea los bolsillos en busca de sus documentos. No esperes que te diga más sobre la fecha. Es verano. Es sábado.

La madre de Alejandro tardó en quedarse dormida. El Mogadán es lento. Ella tomó dos pero tuvo tiempo de aplicarse crema con colágeno y de leer un capítulo casi completo de Annie Bessant.
Antes de apagar la luz -segura de que su marido dormía- tragó una pastilla celeste, con muy poca agua, porque el líquido también engorda. Cerró los ojos y en medio de una discusión esotérica, se quedó dormida. Su marido no se movió pero no pudo reprimir un suspiro.
En la habitación de servicio ella se humedece el labio superior con una lengua rosa. Alejandro acelera por Constitución y vos estás pensando que planea una incursión a la cama estrecha y alta; claro que eso no te convierte en un genio. Después de todo, vos mismo una vez. Pero ojo, no te distraigas. Acosta padre se está deslizando fuera de la cama y antes de salir del dormitorio va a volverse a mirar a su mujer, ese bulto voluminoso que resuella en la penumbra, un buque anclado por poderosas píldoras. Alejandro gira a la izquierda y yo me resisto a un burdo juego de palabras. Así que mejor  una escalera alfombrada, y ya en planta baja, Acosta padre vacila entre la cocina fácilmente justificable y el pasillo que conduce a la habitación prohibida.
Arriba, en la bodega del buque, la pastilla celeste pierde su maquillaje y muestra su sonrisa anfetamínica. El buque se inclina a estribor peligrosamente. Acosta se decide por el pasillo, pero se dirige a la cocina. Tiene la boca seca.

Alejandro apaga el motor y el auto se desliza por la pendiente. El envión alcanza para atravesar el portón que Alejandro dejó abierto. El auto se detiene sin ruido sobre las lajas del parque. Alejandro enciende un cigarrillo sin bajarse. Acosta padre bebe otro vaso de agua sin encender la luz. Rememora y se deja invadir por un sentido de justicia que se le instala en el vientre y lo habilita, como en el pasado cercano, para ejercer el derecho de pernada. El buque queda escorado sobre la derecha sin despertarse y ella, sin sacar el brazo de abajo de la almohada, por fin se mueve : con un gemido voluptuoso el cuerpo moreno gira y la tela gastada se tensa por una plenitud que te encabrita el edipo y te hace pensar en el asesinato mientras tu mujer, ajena al peligro, sigue frente al televisor.

 Mientras tanto trato de pasar algún aviso.
¿Ves estas marcas?.
Alejandro baja del auto.
Electricidad, sabés?.
Acosta se sorprende arreglándose el pijama.
Me ataron un cable en el tobillo.
A bordo del buque hay un motín.

Me sacaron los zapatos.
La pastilla intrusa está amotinando a la tripulación. Alejandro entra por la puerta del lavadero que da al fondo. El padre abandona la cocina.
Me metieron una esponja entre los dientes.

 Ya pensaste un final. Hace siete años Alejandro tenía doce y el buque ya tomaba pastillas. Al padre todavía no lo habían ascendido a coronel y yo nunca me olvidaba los documentos cuando la acompañaba a ella hasta esa casa. Salvo una vez.

Ahora veamos quién llega primero, padre o hijo. No importa . Ella lo va a dejar hacer. Va a fingir de un modo notorio que duerme, para que cualquiera crea que esa actitud forzada es un consentimiento.


Recién entonces, cuando la cama gima con un excitado peso adicional, ella va a sacar el brazo que oculta debajo de la almohada. Seguramente su mano va a estar firme, y el revólver amartillado, como tantas veces le repetí.

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