lunes, 16 de junio de 2014

Cátedra

Una docente creativa que nunca necesitó siliconas, arma un discurso pletórico de contención, problemática, articulación y metodología, y se sienta a una mesa-escritorio patinada en verde country en la que recibe a tipos como yo. Los tipos como yo traen una carpeta, traen un aire general de decadencia, un touch de hastío acumulado,  suma de signos que ella interpreta inmediatamente como la necesidad que los tipos como yo tienen de confrontar con el discurso de una mina como ella, en el que contención y metodología, articulación y apertura nos llenen de esa alegría esperanzada del beduino que divisa sediento  un oasis en el horizonte. El tipo como yo, que en efecto divisó un posible oasis, más bien por el lado de las dunas, asiente repetidamente, al tiempo que nota que las mencionadas dunas se agitan a impulsos de la pasión discursiva de la susodicha que confunde la renovada atención del energúmeno con un acumulativo interés por la apertura y la contención. Interés que quizás pueda expresarse con las mismas palabras, pero sólo por aquello del imperfecto matrimonio entre significantes y significados. De manera que allí están la muchacha de la contención y las dunas, y el tipo como yo que piensa en operar la apertura allí mismo, sobre el verde country de la mesa, con el solo propósito de desarrollar el recurso metodológico que le permita plantar la palmera en una indudable articulación con el oasis que, para entonces, empieza a redondear su ponencia -justamente-  y hace una pausa para en seguida adoptar un tono casual y anunciar  en un plural que le aligera la culpa “nosotras cobramos cincuenta pesos de arancel de los cuales retenemos veinte para mantenimiento de...” “Me parece bien” asiente el tipo mientras piensa que las mujeres son todas degeneradas 

Empecé hace dos sábados, con una clase abierta. Una clase abierta es una donde los tipos como yo, no cobran.

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