viernes, 13 de junio de 2014

El monje

Me dicen “El monje”. Firmé así, alguna cosa que publiqué cuando escribía. Fue durante un invierno: Al salir de la ducha me crucé con el espejo y vi, reflejado en el cristal empañado, una especie de fraile franciscano, el rostro barbado enmarcado por una capucha oscura. Ese día escribí un cuento breve, “El maestro”. Creo que desde entonces fui El monje. Tal vez, ya lo era. Tal vez, ese día, todo lo que hice fue aceptarlo.
Supe, para entonces, que había ritualizado algunas conductas y consagrado un destino.
Los tipos como yo, que descreen de la religión, saben que la religión acecha, que basta un descuido  para caer en esa apostasía inversa. Uno construye los dioses (que acaban condenándolo al infierno). La alternativa es vivir en la herejía, ser un pagano en el propio templo. Y rezar… Si por rezar se entiende sentir los más vívidos anhelos contra toda esperanza de satisfacerlos.
El monje.                                                

Fácil adjudicar el mote a una indumentaria casual. Fatal comprender que no basta mudar de ropaje, que no importa que, tejanos y camisa, uno le dé la espalda a altar. Por la noche, en ese tránsito cada vez más doloroso hacia el sueño, uno descubre que el altar es uno mismo. Y que la deidad, no tiene la piedad de abandonarnos.

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